Diario Ronda y el maestro Isidro Cigüenza con el IV centenario del ‘Escudero Marcos de Obregón’, la obra culmen de Vicente Espinel
De forma periódica publicaremos fragmentos de la obra que han sido seleccionados por este docente de la Serranía de Ronda con motivo de este acontecimiento

Diario Ronda, de la mano del maestro serrano Isidro García Cigüenza, se ha sumado al cuarto centenario de la publicación del libro del insigne escritor, músico, militar y religioso rondeño Vicente Espinel, titulado ‘Relaciones del Escudero Marcos de Obregón’, que está catalogado como una de las mejores obras literarias del siglo XVI.
Para ello, a través de este diario vamos a ir publicando, de forma periódica, los distintos capítulos y fragmentos de la obra que ha seleccionado este profesor para dar a conocer este libro autobiográfico del que es, de seguro, uno de los genios más importantes nacidos en Ronda.
Vida del Escudero Marcos de Obregón”, de Vicente Espinel. Por Isidro G. Cigüenza, de su libro: “Adaptación para escolares y lectores no especializados”.
Primera entrega. Carta abierta del autor de la adaptación
Señor don Vicente Espinel:
Con la licencia que me da el deseo de difundir su obra, y llevado por la necesidad de sacudir el polvo acumulado en sus páginas -¡que desde hace 400 años apenas si se habían tocado!-, he realizado, sin el permiso de usted, la presente Adaptación.
Movido por el benefactor deseo de hacerla más digerible y siguiendo su propia doctrina de “deleitar enseñando y enseñar deleitando”, me he visto en la tesitura de tener que trastear con las palabras, sin menoscabo de mantener su estilo y reflejar, bien a las claras, lo que en su libro se cuenta.
Maestro de escuela soy y como tal me he permitido revisar giros y expresiones un poco pasados de moda, reconózcalo, para hacer llegar vuestro mensaje a donde siempre quisisteis: a las manos, ojos y entendimiento del lector interesado.
Tened paciencia conmigo como yo la he tenido con vos, y no deis importancia al hecho de quitar de aquí una coma, de allí un excesivo discurso, y de acullá una repetición de conceptos y explicaciones. Pensad que los tiempos han cambiado y que, aunque las enseñanzas sean en su mayoría aplicables, es preciso adaptarlas a cada lugar y a cada momento, ¡que vos mismo nos lo aconsejasteis en reiteradas ocasiones!
¡Ah! Y una cosa más: llevado del amor a la pedagogía que a ambos nos impulsa , he ido modificando su texto de más a menos, es decir, de los muchos cambios del principio a los menos e insignificantes del final, resultando así que, quien comience a leer esta Adaptación, se encontrará en sus inicios con un lenguaje casi familiar para, con dulzura y suavidad, ir habituándose progresivamente al texto original que usted escribiera.
Y no digo más. Quede el resultado a criterio de usía y de quienes tengan a bien meter sus narices en estas páginas, que de ellas se han procurado eliminar –como digo- “ácaros” y “telarañas”, dejando intactos, como usted pretendía, su buen humor y cordura.
Segunda entrega
Introducción: Marcos de Obregón, el protagonista de la obra de Espinel, quiere justificar, antes de comenzar el relato de su vida y milagros, el motivo que le ha llevado a escribir sus memorias.
Relación primera.
Escribo esta historia sobre mis memorias, no para gloria mía, sino para que sirva de enseñanza a la juventud. Y pues siempre me ha preocupado extraer provecho de los infortunios y adversidades que sufrimos los escuderos pobres, como soy yo, quiero mostrar aquí lo importante que es saber vencer las dificultades y sacar provecho de los peligros. Y ello, para conservar un don tan precioso como es la vida.
Me llega este deseo ahora que soy viejo y que tengo una ocupación tan apacible como es la de ser el capellán del Hospital de Santa Catalina de los Donados de esta Real villa de Madrid, donde sobrevivo como puedo, cargando con la enfermedad “de la gota” que padezco.
Y tengo la intención de utilizar un estilo sencillo que sea del agrado de mis lectores, imitando así a la propia naturaleza que, antes de regalarnos sus frutos, nos aporta primero un verdor apacible a la vista, luego una flor que nos alegra el olfato y, por fin, un fruto sabroso con el que, al comerlo, extender su semilla, garantizando así la perpetuidad de la especie.
Haré también como los buenos médicos que, cuando pasan consulta a sus enfermos, no comienzan martirizándolos con medicinas amargas y desagradables, sino con jarabes suaves, para después, eso sí, aplicar con firmeza la medicina que ha de acabar con la enfermedad que les aqueja. Y es que, en esto de aplicar remedios sencillos, sé mucho, ya que, como curandero que soy, acude a mí mucha gente por la gracia que tengo de curar, a base de ensalmos, oraciones y remedios caseros. Curo el mal de ojos, los dolores propios de las jovencitas, las molestias de cabeza y de otras partes del cuerpo. Y lo hago con tanta dulzura y suavidad que a mí “sólo” se me muere la mitad de los que acuden a la consulta, que es en ello en lo que estriba mi buena fama porque, o no pueden hablar por estar ya muertos, o los que sanan dicen de mí muchas alabanzas, por la cuenta que les trae ya que, al poco tiempo, han de volver a mi consulta, debido a su segura recaída.
Con todo, los que más “bendiciones” me echan son los que padecen enfermedades de la vista pues, siendo pobres como son, con la gracia de mis manos, a cinco o seis veces que vienen, les dejo con el “oficio de ciegos”, con lo que pueden ganarse la vida honradamente, pidiendo limosna.
Descanso primero. Las ofensas. Cómo han de ser tomadas
Estando hace unos días con los ojos en blanco, mirando hacia el cielo, el rostro serio, las manos sujetando una tela blanca que había colocado en los oídos de un enfermo, y pronunciando con voz grave las palabras de un ensalmo, pasó cerca cierto caballero el cual, al verme, dejó caer en voz alta: “¡No puedo aguantar los engaños de estos embusteros!”. Yo me callé y proseguí, como si nada, con mi medicinal oración. En acabándola, mi ayudante me dijo todo enfadado: “¿No has oído el insulto que ha dicho contra ti ese individuo que ha pasado?” Yo, quitándole importancia al asunto, le contesté: “Él no me lo dijo a la cara, y de lo que a mí no se me dice directamente, no tengo por qué darme por aludido”.
Sirva este caso para advertir a los que por su poca experiencia, se sienten ofendidos cuando escuchan palabras necias dirigidas al aire y en su contra, que no es cobardía no responderlas, ni, por supuesto, valentía el decirlas. Los insultos que estos cobardes tiran al aire, son como los tiros de una escopeta cargada solamente con pólvora que, vacía de bala, con el ruido que provocan no sirven sino para ahuyentar la caza.
Las ofensas así, deben ser tomadas con mucha calma y sosiego, y si es posible, con buen humor… Como hiciera don Gabriel Zapata, aquel cortesano de excelente genio, que, recibiendo de otro caballero, con quien había tenido unas palabras la noche antes, una citación de desafío a muerte, y habiéndole despertado sus criados por parecerles un asunto grave, en leyendo el mensaje, dijo al que lo traía: “Decidle a vuestro amo que, para cosas que me importan mucho, no me suelo levantar hasta las doce del medio día y preguntadle que por qué está tan interesado en matarme tan temprano.” Y siguió durmiendo en su cama, como si nada.
La paciencia frena, además de los ímpetus de la cólera, la prepotencia de los poderosos, la braveza de los valientes y la descortesía de los soberbios, atajando así los mil inconvenientes que, los tales, traen consigo. En Italia se dice que la paciencia es la disculpa de los vagos, pero yo digo que en este caso no se trata de una paciencia viciosa, sino de otra muy distinta: la que ejercita y afina las virtudes, reafirma la vida y aporta paz al alma y tranquilidad al cuerpo.
(Continuará)
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